
Atrapada. Atrapada entre lianas correosas que se pegan a mi piel y no me dejan moverme. Nado en un cenagal de aguas turbias, ciega y muda. Intento gritar. Mis labios se mueven, pero de mi garganta no sale la voz. Una bocanada de lodo maloliente atora mi boca y no me deja respirar. Mis manos se agitan desesperadas y chocan contra un muro duro y opaco. Las piernas patalean sin sentido y sangran las plantas de los pies contra la dureza del suelo. Intento girar la cabeza, pero mi cabello se enreda en una maraña de peces muertos y líquenes. El corazón se desboca y cada vez me cuesta más respirar. Pronto la última partida de oxígeno dejará de circular por mis venas. El lado izquierdo del pecho me duele, quema, parece a punto de estallar. El último intento, la última bocanada de lodo en la garganta. Un dolor insoportable, algo roto en mil pedazos por dentro. Un chasquido final.
Y luego poco a poco el dolor desaparece. Las aguas se vuelven más claras y la luz del sol se abre paso entre ellas acariciándome levemente la piel. Muevo las piernas y floto suavemente entre peces de colores brillantes. Los nenúfares de la superficie vienen a reunirse conmigo y se enredan en mi cabello formando una olorosa corona. Intento escuchar el latido de mi corazón, pero sólo oigo el murmullo de las aguas. Ya no se me agita el pecho bajo el vestido ni invade el oxígeno mis fosas nasales. Abro los ojos y veo el cielo estival a través de la cortina ondulante de agua clara. Sonrío y una rana que pasa saltando entre nenúfares me saluda con mucha prisa. Empiezo a oír las vocecitas cantarinas de los peces y la respiración pausada de los corales. El agua me lame las plantas de los pies y cura las heridas. Floto libremente. Floto. Libre.
Y luego poco a poco el dolor desaparece. Las aguas se vuelven más claras y la luz del sol se abre paso entre ellas acariciándome levemente la piel. Muevo las piernas y floto suavemente entre peces de colores brillantes. Los nenúfares de la superficie vienen a reunirse conmigo y se enredan en mi cabello formando una olorosa corona. Intento escuchar el latido de mi corazón, pero sólo oigo el murmullo de las aguas. Ya no se me agita el pecho bajo el vestido ni invade el oxígeno mis fosas nasales. Abro los ojos y veo el cielo estival a través de la cortina ondulante de agua clara. Sonrío y una rana que pasa saltando entre nenúfares me saluda con mucha prisa. Empiezo a oír las vocecitas cantarinas de los peces y la respiración pausada de los corales. El agua me lame las plantas de los pies y cura las heridas. Floto libremente. Floto. Libre.





