
Hace dos días Oso y yo teníamos que pasar la noche en un colchón en el suelo de la futura habitación estudio, recién pintada de gris, toda olorosa y a estrenar. Al principio intercambiamos miradas y Oso arrugó la nariz al ver la improvisada cama, huérfana de patas y somier. Le ahuequé la almohada, le coloqué bien el embozo de la sábana y lo arropé reclamándole paciencia. Sólo serían unas noches que iban a pasar pronto. Enseguida volvería a dormir en un lecho digno de un príncipe.
Leí un rato, mientras él miraba al techo sin poder dormirse aún. Después de un capítulo leído empecé a cabecear, así que apagué la luz con cuidado. La habitación era más oscura que el dormitorio antiguo y al principio una tiniebla profunda se cernió sobre los dos. Oso se acurrucó a mi espalda. No dijo nada, pero yo creo que tenía un poquito de miedo. A mí también me costó un buen rato habituarme a la nueva oscuridad, más negra que la que ambos conocíamos, pero, tras una o dos vueltas sobre el colchón, logré no pensar en nada y cerrar los ojos.
Un sueño bucólico de manantiales y riachuelos de agua clara me invadió. Yo flotaba por paisajes de ensueño montada en mi antigua cama azul de la niñez disfrutando de unas vistas dignas de documental del National Geographic. De repente, la cama empezó a volar más y más deprisa, como si alguien la empujase. Me giré para ver qué teníamos a nuestras espaldas y vi un enorme monstruo negro. Tenía alas de mosca gigantes y zumbaba cómo sólo un insecto de varias toneladas de peso puede hacerlo. Un miedo atroz empezó a invadirme mientras el bicho ganaba terreno y cada vez me acercaba más su boca fétida. Empecé a agitar los brazos ante la deseperación de ser devorada y topé con algo blando que emitió un largo chillido de dolor. Era Oso al que en el frenesí de mi lucha contra el monstruo alado mandé contra la pared, fuera del colchón. Encendí la luz, libre ya de la pesadilla, y vi como Oso y un pequeño mosquito me miraban. Oso con ojos acusadores y el mosquito frotando las patitas mientras decidía cual sería el trozo de carne a degustar. Recogí a Oso del suelo, le pedí mil perdones y volví a meterlo en la cama, pero lleva varios días sin hablarme. Lo he lavado con su suavizante favorito de olor a gominola y le he cantado al oído todo el repertorio de canciones de Abba que más le gustan, pero nada, ni una palabra.
Leí un rato, mientras él miraba al techo sin poder dormirse aún. Después de un capítulo leído empecé a cabecear, así que apagué la luz con cuidado. La habitación era más oscura que el dormitorio antiguo y al principio una tiniebla profunda se cernió sobre los dos. Oso se acurrucó a mi espalda. No dijo nada, pero yo creo que tenía un poquito de miedo. A mí también me costó un buen rato habituarme a la nueva oscuridad, más negra que la que ambos conocíamos, pero, tras una o dos vueltas sobre el colchón, logré no pensar en nada y cerrar los ojos.
Un sueño bucólico de manantiales y riachuelos de agua clara me invadió. Yo flotaba por paisajes de ensueño montada en mi antigua cama azul de la niñez disfrutando de unas vistas dignas de documental del National Geographic. De repente, la cama empezó a volar más y más deprisa, como si alguien la empujase. Me giré para ver qué teníamos a nuestras espaldas y vi un enorme monstruo negro. Tenía alas de mosca gigantes y zumbaba cómo sólo un insecto de varias toneladas de peso puede hacerlo. Un miedo atroz empezó a invadirme mientras el bicho ganaba terreno y cada vez me acercaba más su boca fétida. Empecé a agitar los brazos ante la deseperación de ser devorada y topé con algo blando que emitió un largo chillido de dolor. Era Oso al que en el frenesí de mi lucha contra el monstruo alado mandé contra la pared, fuera del colchón. Encendí la luz, libre ya de la pesadilla, y vi como Oso y un pequeño mosquito me miraban. Oso con ojos acusadores y el mosquito frotando las patitas mientras decidía cual sería el trozo de carne a degustar. Recogí a Oso del suelo, le pedí mil perdones y volví a meterlo en la cama, pero lleva varios días sin hablarme. Lo he lavado con su suavizante favorito de olor a gominola y le he cantado al oído todo el repertorio de canciones de Abba que más le gustan, pero nada, ni una palabra.
2 comentarios:
oohh, ¿oso se ha enfadado? Espero que te vuelva a hablar pronto. Me encantan tus historias guapetona, qué bien poder leerlas. Besitos mil.
Jo, de auster te recomiendo todo. Yo te dejo si quieres. The Brooklyn Follies y la noche del oráculo son las dos últimas y van después del libro de las ilusiones y son de las que más me gustan. Lo que pasa es que yo las tengo en inglés, me he acostumbrado a leerlo en origional. Si te animas ya sabes, sino cualquiera de las primeras: trilogia de nueva york (tu y loli me la regalásteis y así empecé en este vicio por auster, jejeje), leviatán o la música del azar son tres de los que más me han gustado.
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